Aquellos que piensen que Lionel Messi es uno de los máximos goleadores del fútbol se quedan muy cortos en la lectura del hito. Messi no es uno, diez o cientos de goles. Messi es el juego mismo, el punto nirvana del fútbol. Medirlo en términos de premios y reconocimientos es juzgar desde el plano terrenal a un ser mítico que despliega sus alas apenas pisa el campo de juego.

Foto: https://www.ciudadanodiario.com.ar/nota/2018-6-30-10-7-12-con-pavon-de-entrada-y-messi-de-falso-9-asi-forma-la-seleccion-argentina

Desde hace 12 años, desde aquella derrota por penales frente a Alemania, que dejó a Argentina eliminada del Mundial en cuartos, bajo la dirección de José Pékerman, se busca el armado de un equipo que acompañe a Messi. "¡Hay que entender a Messi!", gritan, año tras año, los opinólogos deportivos que a su vez no dudan un instante en crucificarlo cuando les parece. Pero, ¿hay que entender a Messi? ¿Es posible entenderlo?

En 2010, con Maradona de DT, sucedió lo mismo. A casa, en cuartos. La llegada a la final en el mundial de Brasil 2014, pareció demostrar que Sabella había logrado dar en el blanco. Lio convirtió 4 goles en tres partidos y estábamos a un paso de la gloria luego de 28 años de aquel mágico México ´86. Pero no. Faltó un pizca. ¿Pizca de qué? Cuatro años después de ese partido todavía sigue siendo tema de debate. Pero hay algo que nadie puede negar: el dolor y el sabor amargo de Messi al recibir el Balón de Oro como mejor jugador de ese mundial lo sentimos todos a través de la pantalla.

La hazaña y la grandeza del imponente equipo de 2014, tan bien ideado y dirigido por Sabella, no fueron replicadas y quedaron muy lejos de la lectura y el armado de Sampaoli en Rusia 2018. Otra vez los críticos vociferaron: "¡Es culpa de Messi! ¡El equipo no entiende a Messi! ¡Sólo hace goles en el Barcelona!" Blasfemos y triunfalistas, que se encuentran a años luz de distancia de tocar el alma del juego como lo hace el "Messías".

El capitán del Barça y la pelota como extensión de sí mismo. (Foto: Getty Images)

Lionel Messi, argentino y rosarino, parece haber nacido en el centro de una cancha. Parece haber tocado la pelota antes de dar su primer llanto. Parece haber aprendido a jugar al fútbol antes de aprender a caminar. Parece volar antes que correr. Porque eso hacen los iluminados: vuelan y es imposible alcanzarlos corriendo. La alegría de Messi cuando juega olvidando los premios, los Balones de Oro, las estadísticas, los registros, las críticas terrenales, y sintiendo eso que sólo él siente en este planeta (y que alguna vez sintieron Di Stéfano y Maradona) es algo que no puede entenderse. Sólo se siente. Los récords están bien para Ronaldo ó Modrić. "La pulga" está más allá del bien y el mal, traspasó hace mucho las fronteras divinas del fútbol.

Messi triunfa cuando juega con amigos. Como cualquier pibe en la canchita de su barrio o en el potrero. Por eso es errada la idea de armar un equipo para él, en función de él. ¡El pibe quiere jugar, no quiere peones! La fórmula "10 + Messi" no funciona. El recambio generacional de la Selección Argentina apunta a eso. Esta camada jóven, veloz e inteligente que ha convocado Scaloni tiene todo para consolidarse en los próximos partidos. No es la búsqueda del equipo de Lionel. Es la búsqueda del juego puro, en donde el vuelo messiano pueda construir su ruta cósmica. Porque Messi no golea, Messi vuela... y, de paso, anota.

Sobre el nuevo seleccionado argentino leé: https://scorum.es/es-es/football/@natamika/no-pasaran

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